Por Juan Manuel Otero Barrigón // La historia nos enseña que un único punto de vista es siempre insuficiente para abarcar toda la complejidad de la realidad. Es por eso que la intolerancia a la singularidad de la experiencia ajena suele ser expresión de emprobrecimiento intelectual y convivencial entre las personas y los grupos humanos. El autoritarismo es consustancial con los fundamentalismos, los integrismos y los fanatismos; incluso también con los totalitarismos lingüísticos, étnicos, políticos, y culturales, que desde antaño confundieron expandirse con universalizarse. En el fondo, persevera la tentación de querer ser como Dios (Gn 3,5), y aquellas construcciones humanas –sobre todo las ideológicas- que pretenden adueñarse de la radicalidad del Misterio. A menudo, y cuando son tomadas demasiado seriamente, las creencias pueden convertirse en un corset mental y espiritual, volverse tóxicas. No es lo mismo tener creencias a ser tenido por ellas. El fundamentalista es así, un poseso: viviendo bajo el influjo tirano de sus propias proyecciones.
Estudios sobre sectas, extremismos, abuso psicológico grupal, y líderes de Culto. Un espacio de Juan Manuel Otero Barrigón.
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sábado, 20 de junio de 2020
miércoles, 1 de abril de 2020
Acerca de la Comunidad (por C.G.Jung)
"En nuestra época, que le otorga a la socialización del individuo tanta importancia, dado que una cierta capacidad de adaptación es necesaria, también cobra cada vez mayor sentido la formación en grupo orientada de forma psicológica. Pero teniendo presente la notoria inclinación de los seres humanos a aferrarse a los demás y a los «ismos» en lugar de encontrar seguridad e independencia en sí mismos, cosa que sería muy necesaria, subsiste el peligro de que el individuo transforme al grupo en un padre y una madre y que continúe siendo tan dependiente, inseguro e infantil como antes. Se adaptará socialmente, pero ¿qué representa como individualidad, única cosa que le da pleno sentido al contexto social? No hay duda ninguna de que también en el mundo democrático la distancia entre los hombres es mayor de lo que resulta conveniente al bienestar público o de lo favorable para las necesidades anímicas".
Carl Gustav Jung
[Cartas II, 452] Citado en el libro: "Sobre el amor"
miércoles, 3 de abril de 2019
Psicología profunda del Fundamentalismo
Excelente intervención del Dr. Lionel Corbett, analista jungiano, en torno a los psicodinamismos implícitos en el fundamentalismo y el terrorismo. Una charla que describe, con mucha claridad y concisión, las motivaciones inconscientes que parecen impulsar el terrorismo violento, con especial atención a lo que se conoce sobre el mundo interior del terrorista. Charla brindada en el Pacifica Graduate Institute (2008).
lunes, 25 de marzo de 2019
Tres frases sobre fanatismo
John Brown retratado por John Steuart Curry. Pintura titulada: "Preludio trágico"
“Todos los fanatismos se ahorcan unos a otros.”
Thomas Jefferson
“Un fanático es alguien que no puede cambiar de opinión y no quiere cambiar de tema.”
Winston Churchill
“Un fanático es un individuo que tiene razón aunque no tenga razón.”
Jaume Perich
sábado, 2 de febrero de 2019
Los extremistas tienen problemas para darse cuenta de que están equivocados
Los extremistas tienen problemas para darse cuenta de que están equivocados, por Javier Salas*
Todo el que haya discutido de política sabe que es casi imposible convencer a alguien de que está equivocado, sobre todo en cuestiones ideológicas. Pero esa posibilidad existe, aunque sea pequeña. Sin embargo, cuando se trata de extremistas, esta opción es casi nula. Dada la creciente actualidad de los movimientos políticos radicales, han aparecido en los últimos años nuevos estudios que han resaltado el exceso de confianza que los más radicales tienen en su propia opinión. Ahora, unos científicos han querido averiguar si hay algo más dentro de las cabezas más fanáticas que les impide salir de sus dogmas, al margen de la ideología, la presión social o el ego.
"Tratábamos de aclarar si las personas que tienen creencias políticas radicales están generalmente demasiado seguras de sus creencias, o si se trata de diferencias en la metacognición, que es la capacidad que tenemos que reconocer cuando estamos equivocados", explica Steve Fleming, neurocientífico de la University College de Londres. Para comprobarlo, su equipo diseñó un estudio con casi 400 personas, que luego replicaron con más de 400, para comprobar si la gente de extrema izquierda y extrema derecha se siente siempre más confiada en sus opiniones o si el problema es que les cuesta ver que han metido la pata.
El experimento era sencillo: a los sujetos se les va mostrando una serie de parejas de cuadros con puntitos en su interior y tienen que ir eligiendo cuál de los dos tiene más puntitos. Y, posteriormente, deben indicar cómo de seguros están sobre su elección. En esta primera fase de la prueba, extremistas y moderados acertaron por igual y estaban igual de confiados en su logro cuando acertaban. Pero cuando habían fallado, los extremistas se mostraban más seguros de haber acertado.
En una segunda fase del experimento, se informó a los participantes si habían acertado o fallado en su respuesta antes de pasar a la siguiente. Lo que observaron los científicos es que los sujetos bajaban el nivel de confianza en su propio juicio después de saber que se habían equivocado. Es decir, los errores les hacían dudar de su capacidad. Pero los extremistas, llamativamente, no perdieron tanta confianza a pesar de sus errores. Estos resultados muestran que las personas más dogmáticas manifiestan una capacidad reducida para discriminar entre sus decisiones correctas e incorrectas, concluyen en el estudio, publicado en Current Biology.
"Descubrimos que las personas que tienen creencias políticas radicales tienen una metacognición peor que aquellas con puntos de vista más moderados. A menudo, tienen una certeza errónea y se resisten a cambiar sus creencias frente a la evidencia", explica Fleming. Esta metacognición de la que habla Fleming, poder pensar sobre el acierto de uno mismo, está fuertemente vinculada a la capacidad para incorporar nuevas evidencias después de una decisión, lo que permite revertir de elecciones incorrectas.
Para este neurocientífico, el resultado es muy llamativo puesto que una tabla con puntos no es algo con lo que estas personas puedan sentirse especialmente implicados. Si les cuesta más ver sus fallos en algo así, es natural que este problema se multiplique en cuestiones más personales o ideológicas. Además, consideran que este lastre cognitivo de los más radicales no solo se da en la política, como demostrarían los vínculos que surgen entre fundamentalismo religioso y autoritarismo: "Creemos que los mecanismos cognitivos que apoyan las creencias radicales pueden ser los mismos entre diferentes dominios, mientras que el contenido de una creencia específica probablemente depende de otros factores como la educación y la exposición a diferentes grupos sociales", asegura Fleming. Un estudio reciente, por ejemplo, muestra que las opiniones más radicales en contra de los alimentos modificados genéticamente se asocian con un menor conocimiento sobre esta tecnología pero con una mayor confianza en su propia opinión.
Todo el que haya discutido de política sabe que es casi imposible convencer a alguien de que está equivocado, sobre todo en cuestiones ideológicas. Pero esa posibilidad existe, aunque sea pequeña. Sin embargo, cuando se trata de extremistas, esta opción es casi nula. Dada la creciente actualidad de los movimientos políticos radicales, han aparecido en los últimos años nuevos estudios que han resaltado el exceso de confianza que los más radicales tienen en su propia opinión. Ahora, unos científicos han querido averiguar si hay algo más dentro de las cabezas más fanáticas que les impide salir de sus dogmas, al margen de la ideología, la presión social o el ego.
"Tratábamos de aclarar si las personas que tienen creencias políticas radicales están generalmente demasiado seguras de sus creencias, o si se trata de diferencias en la metacognición, que es la capacidad que tenemos que reconocer cuando estamos equivocados", explica Steve Fleming, neurocientífico de la University College de Londres. Para comprobarlo, su equipo diseñó un estudio con casi 400 personas, que luego replicaron con más de 400, para comprobar si la gente de extrema izquierda y extrema derecha se siente siempre más confiada en sus opiniones o si el problema es que les cuesta ver que han metido la pata.
El experimento era sencillo: a los sujetos se les va mostrando una serie de parejas de cuadros con puntitos en su interior y tienen que ir eligiendo cuál de los dos tiene más puntitos. Y, posteriormente, deben indicar cómo de seguros están sobre su elección. En esta primera fase de la prueba, extremistas y moderados acertaron por igual y estaban igual de confiados en su logro cuando acertaban. Pero cuando habían fallado, los extremistas se mostraban más seguros de haber acertado.
En una segunda fase del experimento, se informó a los participantes si habían acertado o fallado en su respuesta antes de pasar a la siguiente. Lo que observaron los científicos es que los sujetos bajaban el nivel de confianza en su propio juicio después de saber que se habían equivocado. Es decir, los errores les hacían dudar de su capacidad. Pero los extremistas, llamativamente, no perdieron tanta confianza a pesar de sus errores. Estos resultados muestran que las personas más dogmáticas manifiestan una capacidad reducida para discriminar entre sus decisiones correctas e incorrectas, concluyen en el estudio, publicado en Current Biology.
"Descubrimos que las personas que tienen creencias políticas radicales tienen una metacognición peor que aquellas con puntos de vista más moderados. A menudo, tienen una certeza errónea y se resisten a cambiar sus creencias frente a la evidencia", explica Fleming. Esta metacognición de la que habla Fleming, poder pensar sobre el acierto de uno mismo, está fuertemente vinculada a la capacidad para incorporar nuevas evidencias después de una decisión, lo que permite revertir de elecciones incorrectas.
Para este neurocientífico, el resultado es muy llamativo puesto que una tabla con puntos no es algo con lo que estas personas puedan sentirse especialmente implicados. Si les cuesta más ver sus fallos en algo así, es natural que este problema se multiplique en cuestiones más personales o ideológicas. Además, consideran que este lastre cognitivo de los más radicales no solo se da en la política, como demostrarían los vínculos que surgen entre fundamentalismo religioso y autoritarismo: "Creemos que los mecanismos cognitivos que apoyan las creencias radicales pueden ser los mismos entre diferentes dominios, mientras que el contenido de una creencia específica probablemente depende de otros factores como la educación y la exposición a diferentes grupos sociales", asegura Fleming. Un estudio reciente, por ejemplo, muestra que las opiniones más radicales en contra de los alimentos modificados genéticamente se asocian con un menor conocimiento sobre esta tecnología pero con una mayor confianza en su propia opinión.
La rigidez mental del Brexit
En los últimos tiempos, diversos estudios han mostrado que los extremistas políticos poseen una mayor rigidez mental que les impide reconocer otros enfoques, reconocer sus propias debilidades o aceptar cambios. Por ejemplo, un trabajo de investigadores de la Universidad de Cambridge con votantes del referéndum sobre el Brexit mostró que aquellos que tenían más dificultades cognitivas para adaptarse a un cambio de categoría en una prueba eran más propicios a ser autoritarios, nacionalistas, conservadores y votar a favor de la salida de la Unión Europea. Otro estudio realizado en EE UU señaló que el sentimiento de superioridad sobre la propia ideología (es decir, creer que la posición de uno es más correcta que la de otro) era un buen indicador de extremismo ideológico. Eso sí, tanto las personas de extrema izquierda como las de extrema derecha, por igual, tenían un mayor convencimiento de estar en lo cierto que el resto.
Sobre esta misma idea trabajó José Manuel Sabucedo, catedrático de la Universidad de Santiago de Compostela, para saber si creerse en posesión de la verdad era una buena forma de predecir el radicalismo político. "Descubrimos que el monopolio de la verdad es un buen predictor de actitudes extremistas, lo que permite intervenir sobre aquellos que se creen en el derecho y la obligación de imponérsela a los demás", explica Sabucedo.
Sabucedo considera que esto encaja en el concepto de realismo ingenuo, que es como se define cuando los individuos creen que la realidad es tal y como ellos la perciben. "Y si no compartes mi modo de ver las cosas, es porque te falta información, careces de capacidad analítica o es que estás sesgado por tu ideología", apunta Sabucedo, presidente de la Sociedad Científica Española de Psicología Social. Este fenómeno tiene un peligro, apunta el catedrático, y es que puede llevar a alguien a obligar a ver la verdad a los demás "incluso de buena fe".
No obstante, este psicólogo social considera que el estudio de Fleming sobre la metacognición tiene un efecto limitado. "Es interesante, pero dejan fuera la importancia del contexto. En épocas como esta, en la que surgen radicalismos y extremismos, no podemos decir que se deba a ese problema cognitivo", apunta Sabucedo. Y añade: "Hay gente con esas tendencias que se activan para volverse más extremistas y gente que también se activa y que no las tienen". "Estas épocas de incertidumbre generan ansiedad y los ciudadanos buscan una explicación. Y aparecen determinados grupos para ofrecer una explicación sencilla, como que la culpa es de la inmigración, que sirve para reducir esa ansiedad", resume Sabucedo, que lleva toda su carrera estudiando los autoritarismos desde la perspectiva psicosocial.
Además, desde el punto de vista de Sabucedo hay una pega más en el estudio: la de la correlación entre ese lastre cognitivo que muestran los extremistas y su tendencia a la radicalidad. ¿Cuál es la causa y cuál el efecto? Fleming reconoce que "aún no está claro si la metacognición limitada es la causa o la consecuencia, o ambas, de la radicalización". "Pensamos que podría predisponer a las personas a desarrollar creencias radicales, pero lo contrario también es plausible", afirma el neurocientífico, y por eso va a seguir estudiándolo en esa dirección. Fleming explica que tal vez la capacidad de reflexionar sobre nuestras decisiones o creencias disminuya cuando esté rodeada por otras personas con puntos de vista radicales.
En los últimos tiempos, diversos estudios han mostrado que los extremistas políticos poseen una mayor rigidez mental que les impide reconocer otros enfoques, reconocer sus propias debilidades o aceptar cambios. Por ejemplo, un trabajo de investigadores de la Universidad de Cambridge con votantes del referéndum sobre el Brexit mostró que aquellos que tenían más dificultades cognitivas para adaptarse a un cambio de categoría en una prueba eran más propicios a ser autoritarios, nacionalistas, conservadores y votar a favor de la salida de la Unión Europea. Otro estudio realizado en EE UU señaló que el sentimiento de superioridad sobre la propia ideología (es decir, creer que la posición de uno es más correcta que la de otro) era un buen indicador de extremismo ideológico. Eso sí, tanto las personas de extrema izquierda como las de extrema derecha, por igual, tenían un mayor convencimiento de estar en lo cierto que el resto.
Sobre esta misma idea trabajó José Manuel Sabucedo, catedrático de la Universidad de Santiago de Compostela, para saber si creerse en posesión de la verdad era una buena forma de predecir el radicalismo político. "Descubrimos que el monopolio de la verdad es un buen predictor de actitudes extremistas, lo que permite intervenir sobre aquellos que se creen en el derecho y la obligación de imponérsela a los demás", explica Sabucedo.
Sabucedo considera que esto encaja en el concepto de realismo ingenuo, que es como se define cuando los individuos creen que la realidad es tal y como ellos la perciben. "Y si no compartes mi modo de ver las cosas, es porque te falta información, careces de capacidad analítica o es que estás sesgado por tu ideología", apunta Sabucedo, presidente de la Sociedad Científica Española de Psicología Social. Este fenómeno tiene un peligro, apunta el catedrático, y es que puede llevar a alguien a obligar a ver la verdad a los demás "incluso de buena fe".
No obstante, este psicólogo social considera que el estudio de Fleming sobre la metacognición tiene un efecto limitado. "Es interesante, pero dejan fuera la importancia del contexto. En épocas como esta, en la que surgen radicalismos y extremismos, no podemos decir que se deba a ese problema cognitivo", apunta Sabucedo. Y añade: "Hay gente con esas tendencias que se activan para volverse más extremistas y gente que también se activa y que no las tienen". "Estas épocas de incertidumbre generan ansiedad y los ciudadanos buscan una explicación. Y aparecen determinados grupos para ofrecer una explicación sencilla, como que la culpa es de la inmigración, que sirve para reducir esa ansiedad", resume Sabucedo, que lleva toda su carrera estudiando los autoritarismos desde la perspectiva psicosocial.
Además, desde el punto de vista de Sabucedo hay una pega más en el estudio: la de la correlación entre ese lastre cognitivo que muestran los extremistas y su tendencia a la radicalidad. ¿Cuál es la causa y cuál el efecto? Fleming reconoce que "aún no está claro si la metacognición limitada es la causa o la consecuencia, o ambas, de la radicalización". "Pensamos que podría predisponer a las personas a desarrollar creencias radicales, pero lo contrario también es plausible", afirma el neurocientífico, y por eso va a seguir estudiándolo en esa dirección. Fleming explica que tal vez la capacidad de reflexionar sobre nuestras decisiones o creencias disminuya cuando esté rodeada por otras personas con puntos de vista radicales.
* Artículo publicado originalmente en: https://elpais.com/elpais/2019/01/18/ciencia/1547814779_845056.html?fbclid=IwAR2Jn-xM142a6LGkpkb4pWlQ1K9ODIR0iRFZ0FNTc2-pjjUyrzIYYOiB0j8 (El País)
miércoles, 12 de septiembre de 2018
Síntomas de la "neurosis colectiva" (Víktor Frankl)
Síntomas de la "neurosis colectiva" (por Víktor Frankl)
Hoy vamos a hablar de otro síntoma, el tercero en relación con la neurosis colectiva, si es que tenemos realmente derecho a dar al concepto de la neurosis un sentido colectivo (ya hemos comentado anteriormente hasta qué punto está esto justificado). Este tercer síntoma es el pensamiento colectivista, que desde hace ya tiempo se está desarrollando cada vez más. Pero es necesario tener cuidado para no interpretar mal el concepto del pensamiento colectivista o, dicho en un sentido más general, el colectivismo. Quiero prevenir —nunca se insistirá demasiado— contra la posibilidad de traducir la raíz «colectivo» en la palabra colectivismo como comunidad o sociedad; con ello nos estaríamos refiriendo a lo opuesto de lo que estamos pensando, la masa.
No es lo mismo la sociedad o la comunidad que la masa. La diferencia más interesante, por lo que se refiere a nuestro tema, está en la relación de ambas, la comunidad y la masa, con la individualidad del hombre, o mejor dicho, con su personalidad, con su existencia como persona. Así, la comunidad necesita a los distintos individuos, al igual que, por el contrario, todo individuo necesita la comunidad para poderse realizar a sí mismo, es decir, para poder ser persona. Pero no sucede lo mismo en el caso de la masa. En ésta no se puede destacar ni desarrollar nunca una personalidad humana, ni siquiera la simple individualidad de una persona. La masa no acepta la individualidad, pues ésta sólo le causa molestias. Por ello, lucha contra las individualidades, las oprime, les roba su libertad, se las recorta a favor de la igualdad; se nivelan las individualidades y las personalidades desaparecen siguiendo una tendencia hacia la nivelación: éste es, en la masa, el destino de la libertad personal; lo que se busca es una igualdad lo más impersonal posible. Pero, ¿qué
sucede con el tercer aspecto relacionado con todo esto, qué sucede con la fraternidad? Pues bien, se degenera, se convierte en un instinto gregario.
¿Cómo llega el hombre, el hombre medio de hoy, que se caracteriza —por no decir que está marcado—por los síntomas neuróticos de la humanidad actual, a caer en un modo de pensar colectivista? Esto se debe, sobre todo, a que le tiene miedo a la responsabilidad, y ésta es siempre muy personal. Ha sido de nuevo en la guerra, en las tropas, donde el hombre ha aprendido, ha tenido que aprender a dejarse llevar, a dejarse arrastrar, tal como suelen expresarse tales personas. En estas situaciones lo que importa es no llamar la atención por nada, pasar desapercibido cueste lo que cueste, integrarse en la masa. Hoy se mantiene todavía esta actitud. Pero, ¿qué se hace realmente? No se introduce uno en la masa, sino que se hunde en ella, se renuncia a sí mismo como persona.
Porque —y esto no debemos olvidarlo nunca— la masa es impersonal. Y sólo las personas tienen libertad y responsabilidad. Por ello, sólo las personas, debido a sus decisiones libres y a sus actos responsables, pueden ser culpables o tener méritos. Un grupo impersonal nunca puede ser culpable, y no existe, por tanto, nada parecido a la culpabilidad colectiva. Quien juzga de forma global, colectiva, o quien condena a una colectividad, sólo busca su comodidad, e intenta, sobre todo, eximirse a sí mismo de la responsabilidad que va unida a todos los juicios o condenas.
Si nos preguntamos ahora qué tipos de personas son las que —al parecer debido a su carácter— tienden a realizar tales generalizaciones, llegamos al cuarto y último síntoma de la enfermedad de nuestro tiempo: el fanatismo. Éste tiene una cierta relación con el colectivismo, anteriormente tratado: mientras que la persona con un pensamiento colectivista olvida su propia personalidad, el fanático pasa por alto la personalidad de los individuos que no piensan como él, no admite un modo de pensar distinto al suyo; lo único que acepta es su propia opinión. Pero el fanático ni siquiera tiene una opinión propia, sino que «le tiene» a él la opinión pública. Esto es lo que hace que el fanatismo sea tan peligroso: el que la opinión pública se apodere tan fácilmente de los fanáticos y que ciertos individuos se puedan apoderar también con facilidad de la opinión pública. Estos individuos son los gobernantes o, mejor dicho, un gobernante, un dirigente. Se puede entender así lo que se dice que exclamó Hitler durante una conversación: « ¡Qué suerte para los gobernantes que las personas no piensen, sino que prefieran que les den todo pensado!» Los caracteres fanáticos no son para los psiquiatras algo desconocido y desacostumbrado.
No es lo mismo la sociedad o la comunidad que la masa. La diferencia más interesante, por lo que se refiere a nuestro tema, está en la relación de ambas, la comunidad y la masa, con la individualidad del hombre, o mejor dicho, con su personalidad, con su existencia como persona. Así, la comunidad necesita a los distintos individuos, al igual que, por el contrario, todo individuo necesita la comunidad para poderse realizar a sí mismo, es decir, para poder ser persona. Pero no sucede lo mismo en el caso de la masa. En ésta no se puede destacar ni desarrollar nunca una personalidad humana, ni siquiera la simple individualidad de una persona. La masa no acepta la individualidad, pues ésta sólo le causa molestias. Por ello, lucha contra las individualidades, las oprime, les roba su libertad, se las recorta a favor de la igualdad; se nivelan las individualidades y las personalidades desaparecen siguiendo una tendencia hacia la nivelación: éste es, en la masa, el destino de la libertad personal; lo que se busca es una igualdad lo más impersonal posible. Pero, ¿qué
sucede con el tercer aspecto relacionado con todo esto, qué sucede con la fraternidad? Pues bien, se degenera, se convierte en un instinto gregario.
¿Cómo llega el hombre, el hombre medio de hoy, que se caracteriza —por no decir que está marcado—por los síntomas neuróticos de la humanidad actual, a caer en un modo de pensar colectivista? Esto se debe, sobre todo, a que le tiene miedo a la responsabilidad, y ésta es siempre muy personal. Ha sido de nuevo en la guerra, en las tropas, donde el hombre ha aprendido, ha tenido que aprender a dejarse llevar, a dejarse arrastrar, tal como suelen expresarse tales personas. En estas situaciones lo que importa es no llamar la atención por nada, pasar desapercibido cueste lo que cueste, integrarse en la masa. Hoy se mantiene todavía esta actitud. Pero, ¿qué se hace realmente? No se introduce uno en la masa, sino que se hunde en ella, se renuncia a sí mismo como persona.
Porque —y esto no debemos olvidarlo nunca— la masa es impersonal. Y sólo las personas tienen libertad y responsabilidad. Por ello, sólo las personas, debido a sus decisiones libres y a sus actos responsables, pueden ser culpables o tener méritos. Un grupo impersonal nunca puede ser culpable, y no existe, por tanto, nada parecido a la culpabilidad colectiva. Quien juzga de forma global, colectiva, o quien condena a una colectividad, sólo busca su comodidad, e intenta, sobre todo, eximirse a sí mismo de la responsabilidad que va unida a todos los juicios o condenas.
Si nos preguntamos ahora qué tipos de personas son las que —al parecer debido a su carácter— tienden a realizar tales generalizaciones, llegamos al cuarto y último síntoma de la enfermedad de nuestro tiempo: el fanatismo. Éste tiene una cierta relación con el colectivismo, anteriormente tratado: mientras que la persona con un pensamiento colectivista olvida su propia personalidad, el fanático pasa por alto la personalidad de los individuos que no piensan como él, no admite un modo de pensar distinto al suyo; lo único que acepta es su propia opinión. Pero el fanático ni siquiera tiene una opinión propia, sino que «le tiene» a él la opinión pública. Esto es lo que hace que el fanatismo sea tan peligroso: el que la opinión pública se apodere tan fácilmente de los fanáticos y que ciertos individuos se puedan apoderar también con facilidad de la opinión pública. Estos individuos son los gobernantes o, mejor dicho, un gobernante, un dirigente. Se puede entender así lo que se dice que exclamó Hitler durante una conversación: « ¡Qué suerte para los gobernantes que las personas no piensen, sino que prefieran que les den todo pensado!» Los caracteres fanáticos no son para los psiquiatras algo desconocido y desacostumbrado.
El ministerio de Justicia noruego estableció hace años una comisión psiquiátrica, que se encargó de examinar clínicamente a más de 60.000 partidarios de Quisling. ¿Cuál fue el resultado? Que el porcentaje de paralíticos, paranoicos y psicópatas paranoides entre tales fanáticos era, en promedio, dos veces y media mayor que entre la población noruega corriente. Vemos, pues, que no se trata tanto, como se piensa recientemente tan a menudo, de someter a los políticos a reconocimientos psiquiátricos regulares. Aparte de que es dudoso que se pudieran realizar, estos tratamientos psiquiátricos llegarían demasiado tarde. Habría que haber sometido a un reconocimiento psiquiátrico
anteriormente, en su momento, a aquellos con cuya ayuda y sobre cuyas espaldas han escalado hasta su posterior liderazgo los políticos en cuestión. Volviendo de nuevo al fanatismo y recordando que hemos dicho que el fanático ignora la personalidad, esto es, la libertad de decisión y la dignidad humana de las personas que no piensan como él, se me ocurren otras palabras de Hitler, quien dijo en cierta ocasión que la política es un juego en el que están permitidos todos los trucos. En mi opinión, no hay nada tan característico del fanático como el hecho de que para él todo se convierte en un simple truco, en un simple medio para conseguir un fin. Piensa que el fin justifica los medios. Pero existen medios que pueden degradar el fin. Y existe también algo que nunca se debería degradar y convertir en un simple medio. Kant lo sabía perfectamente: el hombre no debe ser degradado nunca a un simple medio para conseguir un fin. Pero esto sucede continuamente, y sobre todo en la política fanática, que no se detiene ni ante los hombres, sino que los incluye en sus objetivos políticos. A través de esta política fanática, se politiza al hombre, cuando sería mucho más importante lo contrario: que se humanizara la política.
La opinión pública, de la que decíamos anteriormente que se apodera en gran medida de las personas fanáticas, cristaliza también en forma de frases hechas. Éstas provocan, nada más ser lanzadas a la masa, una especie de reacción en cadena, una reacción psicológica que es mucho más peligrosa que la reacción en cadena física en que se basa el mecanismo de la bomba atómica, pues este mecanismo, esta reacción en cadena no habría comenzado si no le hubiera precedido la reacción psicológica en cadena; si una masa, el hombre de la masa, no hubiera sido atacado, por así decirlo, por la frase hecha. Qué razón tenía Karl Kraus al decir: «Si la humanidad no tuviera frases hechas, no necesitaría armas.» En lo que concierne a la bomba atómica, Einstein acertó a decir: «El problema no es la bomba atómica, el problema es el corazón del hombre.» Llegamos aquí al final de nuestra conferencia sobre los síntomas de la neurosis colectiva o de la enfermedad de nuestro tiempo. En sentido figurado, pero sólo en sentido figurado, se puede hablar de una epidemia psíquica, sobre todo en lo referente al fanatismo. Lo que caracteriza a las epidemias psíquicas en contraposición a las somáticas es simplemente una cosa, que les da su carácter amenazante: las epidemias psíquicas no son sólo, como las somáticas, una consecuencia más o menos inevitable de la guerra, sino que, por desgracia, son también una posible causa de guerra. Por ello, la lucha contra estas epidemias debe ser el objetivo más urgente de la higiene psíquica.
Preguntémonos ahora cuánto se han propagado estos síntomas de la neurosis colectiva. Yo propuse en cierta ocasión a mis colaboradores realizar a tal efecto una prueba con personas que no eran neuróticas en el estricto sentido clínico de la palabra, para lo que se utilizaron los tests más modernos. La pregunta relacionada con el primer síntoma, es decir, con la actitud provisional ante la existencia, era: « ¿Cree usted que no hay que organizar el futuro porque va a estallar la bomba atómica y nada tiene entonces sentido?» La pregunta sobre el segundo síntoma, esto es, la actitud fatalista ante la vida, decía: « ¿Piensa usted que el hombre no es al fin y al cabo nada más que un juguete a merced de las fuerzas y poderes exteriores e interiores?» En relación con el síntoma del pensamiento colectivista les preguntamos: « ¿Cree usted que lo más importante es no llamar la atención?» Y por último, esta pregunta capciosa —tengo que admitirlo— sobre el fanatismo: « ¿Cree usted que una persona que quiere lo mejor está autorizada a utilizar cualquier medio que le parezca adecuado?» A través de este test se pudo comprobar que entre las personas examinadas sólo una estaba libre de los cuatro síntomas de la neurosis colectiva, mientras que más de la mitad presentaban al menos tres de los cuatro síntomas.
Sabemos que no sólo un conflicto psíquico, sino también uno espiritual, por ejemplo, un conflicto de
conciencia, puede provocar una neurosis. Se comprende así que la persona que es capaz de tener un conflicto de conciencia está inmunizada contra el fanatismo, contra la neurosis colectiva. Y, a la inversa, si alguien que sufre una neurosis colectiva, por ejemplo, un político fanático, es capaz de escuchar la voz de su conciencia y de dejarse influir por ella, entonces puede superar también su neurosis colectiva.
Hace ya algunos años hablé sobre este tema en un congreso de médicos, al que asistían, entre otros, algunos colegas que vivían en un país sometido a un régimen totalitario. Al finalizar la conferencia se acercaron a mí y me dijeron: «Conocemos muy bien todo lo que usted ha comentado. Debe usted saber que nosotros lo denominamos la enfermedad de los funcionarios. Muchos funcionarios del partido, con el tiempo, enferman de los nervios debido a la creciente carga de su conciencia; pero entonces se curan de su fanatismo político.»
anteriormente, en su momento, a aquellos con cuya ayuda y sobre cuyas espaldas han escalado hasta su posterior liderazgo los políticos en cuestión. Volviendo de nuevo al fanatismo y recordando que hemos dicho que el fanático ignora la personalidad, esto es, la libertad de decisión y la dignidad humana de las personas que no piensan como él, se me ocurren otras palabras de Hitler, quien dijo en cierta ocasión que la política es un juego en el que están permitidos todos los trucos. En mi opinión, no hay nada tan característico del fanático como el hecho de que para él todo se convierte en un simple truco, en un simple medio para conseguir un fin. Piensa que el fin justifica los medios. Pero existen medios que pueden degradar el fin. Y existe también algo que nunca se debería degradar y convertir en un simple medio. Kant lo sabía perfectamente: el hombre no debe ser degradado nunca a un simple medio para conseguir un fin. Pero esto sucede continuamente, y sobre todo en la política fanática, que no se detiene ni ante los hombres, sino que los incluye en sus objetivos políticos. A través de esta política fanática, se politiza al hombre, cuando sería mucho más importante lo contrario: que se humanizara la política.
La opinión pública, de la que decíamos anteriormente que se apodera en gran medida de las personas fanáticas, cristaliza también en forma de frases hechas. Éstas provocan, nada más ser lanzadas a la masa, una especie de reacción en cadena, una reacción psicológica que es mucho más peligrosa que la reacción en cadena física en que se basa el mecanismo de la bomba atómica, pues este mecanismo, esta reacción en cadena no habría comenzado si no le hubiera precedido la reacción psicológica en cadena; si una masa, el hombre de la masa, no hubiera sido atacado, por así decirlo, por la frase hecha. Qué razón tenía Karl Kraus al decir: «Si la humanidad no tuviera frases hechas, no necesitaría armas.» En lo que concierne a la bomba atómica, Einstein acertó a decir: «El problema no es la bomba atómica, el problema es el corazón del hombre.» Llegamos aquí al final de nuestra conferencia sobre los síntomas de la neurosis colectiva o de la enfermedad de nuestro tiempo. En sentido figurado, pero sólo en sentido figurado, se puede hablar de una epidemia psíquica, sobre todo en lo referente al fanatismo. Lo que caracteriza a las epidemias psíquicas en contraposición a las somáticas es simplemente una cosa, que les da su carácter amenazante: las epidemias psíquicas no son sólo, como las somáticas, una consecuencia más o menos inevitable de la guerra, sino que, por desgracia, son también una posible causa de guerra. Por ello, la lucha contra estas epidemias debe ser el objetivo más urgente de la higiene psíquica.
Preguntémonos ahora cuánto se han propagado estos síntomas de la neurosis colectiva. Yo propuse en cierta ocasión a mis colaboradores realizar a tal efecto una prueba con personas que no eran neuróticas en el estricto sentido clínico de la palabra, para lo que se utilizaron los tests más modernos. La pregunta relacionada con el primer síntoma, es decir, con la actitud provisional ante la existencia, era: « ¿Cree usted que no hay que organizar el futuro porque va a estallar la bomba atómica y nada tiene entonces sentido?» La pregunta sobre el segundo síntoma, esto es, la actitud fatalista ante la vida, decía: « ¿Piensa usted que el hombre no es al fin y al cabo nada más que un juguete a merced de las fuerzas y poderes exteriores e interiores?» En relación con el síntoma del pensamiento colectivista les preguntamos: « ¿Cree usted que lo más importante es no llamar la atención?» Y por último, esta pregunta capciosa —tengo que admitirlo— sobre el fanatismo: « ¿Cree usted que una persona que quiere lo mejor está autorizada a utilizar cualquier medio que le parezca adecuado?» A través de este test se pudo comprobar que entre las personas examinadas sólo una estaba libre de los cuatro síntomas de la neurosis colectiva, mientras que más de la mitad presentaban al menos tres de los cuatro síntomas.
Sabemos que no sólo un conflicto psíquico, sino también uno espiritual, por ejemplo, un conflicto de
conciencia, puede provocar una neurosis. Se comprende así que la persona que es capaz de tener un conflicto de conciencia está inmunizada contra el fanatismo, contra la neurosis colectiva. Y, a la inversa, si alguien que sufre una neurosis colectiva, por ejemplo, un político fanático, es capaz de escuchar la voz de su conciencia y de dejarse influir por ella, entonces puede superar también su neurosis colectiva.
Hace ya algunos años hablé sobre este tema en un congreso de médicos, al que asistían, entre otros, algunos colegas que vivían en un país sometido a un régimen totalitario. Al finalizar la conferencia se acercaron a mí y me dijeron: «Conocemos muy bien todo lo que usted ha comentado. Debe usted saber que nosotros lo denominamos la enfermedad de los funcionarios. Muchos funcionarios del partido, con el tiempo, enferman de los nervios debido a la creciente carga de su conciencia; pero entonces se curan de su fanatismo político.»
Fuente: "La psicoterapia al alcance de todos", Herder, Barcelona, 1995
viernes, 24 de agosto de 2018
viernes, 5 de enero de 2018
Los peligros del fanatismo intransigente
Podríamos definir a los fanáticos intransigentes como aquellos que se aferran a sus convicciones (religiosas, políticas, tradicionales, culturales y hasta deportivas) con un énfasis rayano en lo patológico por su sordera ante el criterio ajeno, su incapacidad para dialogar y su tendencia monotemática a hablar siempre de y desde su credo aunque el tema no lo requiera. Obstinados hasta la exasperación, los fanáticos intransigentes hacen extensiva su obsesión a cualquier faceta de sus vidas, son insoportablemente reiterativos y también propensos a sentirse atacados cuando se les rebate.
El fanático intransigente se adhiere a su causa sin oponer trabas ni condiciones. Acata sin rechistar las mentiras con las que es captado y, en casos extremos, es hasta capaz de matar o morir por las ideas imbuidas en el disco duro de su raciocinio.
Sin duda, los fanatismos más peligrosos son el religioso y el político, dos paradigmas de la intransigencia en los que una supuesta moral en el primer caso, y una argumentación racional basada en mentiras y promesas en el segundo, conducen a las masas a una ceguera y una sordera selectiva que sólo les permite ver y escuchar lo que aceptan como dogma y única verdad.
Históricamente, la religión y la política han sido fuente frecuente de fanatismos arquetípicos capaces de convertir a hombres y mujeres libres en esclavos de las normas que unos sectarios e inteligentes adalides introyectan en sus mentes. El resultado, en el mejor de los casos, son conflictos sociales que dividen a la sociedad (e incluso a los microcosmos familiares) en dos sectores contrapuestos, y en el peor el inicio de un conflicto bélico. Todo se complica y agrava cuando el fanatismo religioso y el político van unidos (como es el caso del terrorismo suicida yihadista), pues las consecuencias pueden ser espeluznantes.
Pero sin necesidad de llegar a tan dramáticas confrontaciones, cuando en una sociedad regida por unas normas de convivencia irrumpe un fanatismo enarbolando la premisa de «estás conmigo o contra mí», es fácil que se rompa el equilibrio entre lo racional y lo emocional, y que personas sensatas e inteligentes se transformen de pronto en una suerte de trastornados abducidos por los delirios de un iluminado (y su organizada cohorte) que les contagia sus fantasías y les promete un Nirvana que su razón jamás admitiría, aunque su yo emocional lo recibe con los brazos abiertos.
Un signo de alarma de que algo así pueda estar sucediendo en una colectividad es la proliferación masiva de individuos obsesionados con una quimera, personas hasta entonces razonables que de pronto exigen un imposible desde la realidad paralela donde se instalan, personas que consideran sus ideas innegociables y que se sienten amenazados por enemigos imaginarios cuando se les contradice. Esta metamorfosis en la percepción de la realidad es el resultado de una manipulación sectaria orquestada por unos lideres con ínfulas de grandeza y hegemonía (también percepciones paranoicas de ser oprimidos o invadidos en sus derechos) que impulsan a las masas a cometer actos de insumisión, haciéndoles creer que ellos (y no quienes sufren las consecuencias de su locura) son las únicas víctimas.
Texto publicado originalmente en http://www.levante-emv.com
viernes, 3 de noviembre de 2017
Totalitarismo e Imaginario
(hacer clic en la imagen para ampliar)
"El sujeto ideal del dominio totalitario no es el nazi convencido o el comunista convencido, sino personas para quienes la distinción entre hecho y ficción (es decir, la realidad de la experiencia) y la distinción entre lo verdadero y lo falso (es decir, las normas del pensamiento) ya no existe".
Hannah Arendt, "Los orígenes del totalitarismo" (1951)
viernes, 20 de octubre de 2017
Integrismo, fundamentalismo y fanatismo
"Integrismo, fundamentalismo y fanatismo", por Xavier Ternisien
El “fundamentalismo” nació en los Estados Unidos en el contexto del protestantismo. En 1919, los pastores presbiterianos, bautistas y metodistas fundaron la World’s Christian Fundamentals Association, para defender los puntos de la fe que les parecían “fundamentales”. Sostuvieron en particular una interpretación literal de la Biblia. Tomando al pie de la letra el relato de la creación del mundo en seis días en el Génesis, rechazaron las teorías de Darwin sobre los orígenes del hombre y sobre la evolución.
La palabra “integrismo” hizo su aparición en Francia, en el mundo católico. En 1907, el papa Pío X condenó en la encíclica Pascendi el “modernismo”, una escuela de pensamiento que reivindicaba el examen de los datos de la fe a la luz de las ciencias y de manera autónoma. Los adversarios más violentos de los modernistas se definieron como católicos “íntegros” porque defendían la “integridad” de la fe. Así fueron señalados por sus adversarios con el nombre de “integristas”.
En el contexto del catolicismo, el integrista es aquél que reclama para sí “la tradición”, es decir, un vasto cuerpo doctrinal incluyendo a la vez las Escrituras y su interpretación fijada por la autoridad de los padres y los doctores de la Iglesia, los concilios y los papas. Podríamos decir que el integrismo fija, en un momento determinado, la interpretación de la Revelación. Por el contrario, hay en el fundamentalismo una voluntad de regreso a las fuentes, a una pureza original de la fe que se encontraría en las Escrituras, liberada de los matices de la tradición. De cierta manera, el fundamentalismo niega la mediación de una autoridad religiosa –clero, Iglesia, doctores de la ley– que interpone habitualmente una llave de interpretación entre el creyente y el texto revelado.
El concepto “fanatismo” es más antiguo pues se remonta al siglo XVII. Pero es en el siglo siguiente, en la “era de las luces”, que conoció su hora de gloria. La palabra viene de fanum, que significa “templo” en latín. Así, designa una actitud religiosa. Voltaire denunciaba este “hijo desnaturalizado de la religión”. Hay en el fanatismo una noción de exceso: el fanático es “animado por un celo exagerado por la religión”, según Littré.
Todos estos términos tienen, por lo tanto, una historia. Su transposición en otra época y, a fortiori, en la esfera de otra religión plantea inmediatamente un problema metodológico. A finales de los años setenta, los que llamamos orientalistas –arabistas en su mayoría y que abordan el hecho musulmán a partir del ángulo religioso– tienen que recurrir al concepto de “integrismo” para describir las evoluciones del mundo musulmán, agitado por la revolución iraní. Maxime Rodinson le da la definición siguiente “Aspiración de resolver en medio de la religión todos los problemas sociales y políticos y, simultáneamente, restaurar la integralidad de los dogmas”.
La dimensión política mezclada con la religiosa está presente en esta definición de integrismo. A inicios de los años ochenta, se produjo un vuelco mayor en los estudios sobre el islam cuando los especialistas en ciencias políticas asumen el hecho musulmán desde las herramientas de la sociología. De esta manera, forjan el término “islamismo”. En su libro aparecido en 1987 (L'Islamisme radical, editorial Hachette), Brunno Etienne vulgariza el concepto de “islam radical” con esta justificación: “Yo lo tomo en el sentido primero del término, la doctrina del islam en su raíz, y en el sentido americano, el islam políticamente radical, casi revolucionario”. El islamismo (o el islam radical) es, entonces, concebido como una ideología, un proyecto de sociedad que mezcla íntimamente las dimensiones religiosa, social y política.
Desgraciadamente, la palabra nos conduce a una confusión, en el amplio escenario, con el adjetivo “islámico” que significa en sí mismo “relacionado con el islam”. Este desliz de sentido es vivido por los musulmanes como una marca estigmatizadora: una librería islámica no es forzosamente islamista… Con todo, Olivier Roy subraya que los dos adjetivos “musulmán” e “islámico” no son siempre sinónimos: “Utilizo el término ‘musulmán’ para designar lo que está relacionado por un hecho (‘país musulmán’: país donde la mayoría de la población es musulmana) y el término ‘islámico’ para lo que está relacionado por una intención (‘estado islámico’: estado que hace del islam el fundamento y su legitimidad)”.
Hoy, los especialistas que constantan el declive (Gilles Kepel) o el fallo (Olivier Roy) del islam político recurren a nuevos conceptos para llevar revista de la evolución de las sociedades musulmanas: hablan de “post-islamismo” o de “neofundamentalismo”. Así pues, para Olivier Roy, el movimiento talibán puede ser calificado de “neofundamentalista”, en el sentido que se le da por la charia, el regreso a la literalidad del Corán, y a la sunna, pero que no tiene que ver con un proyecto político coherente.
Estos análisis son contrastados por múltiples islamólogos, como François Burgat y Alain Roussillon. Ellos reprochan a los politólogos haber recubierto el mundo musulmán de conceptos forjado por la sociología política occidental. Ellos habrían de alguna manera “inventado” o “construido” la categoría de islamismo, antes de profetizar su declive… Pero esto es lo que Olivier Roy replica: que los actores del islamismo, como el imán Khomeiny, han usado ellos mismos categorías políticas de origen occidental (este debate es expuesto en la revista Esprit, agosto-setiembre 2001).
Él sigue pensando que un cierto número de términos como “integrismo” o “fanatismo” están marcados por el contexto polémico que las vio nacer. Son peyorativos y desafiados como tales por aquellos a quienes se dirigen. Uno es siempre el integrista del otro… Los conceptos deben manejarse con prudencia. A veces pueden ser más peligrosos que las armas.
-Texto original de octubre de 2001: http://www.lemonde.fr/international/article/2001/10/08/integrisme-fondamentalisme-et-fanatisme-la-guerre-des-mots_229565_3210.html
-Fuente del texto traducido: http://blogs.periodistadigital.com/hermeneutica.php/2017/10/07/integrismo-fundamentalismo-y-fanatismo-l
viernes, 6 de octubre de 2017
Miopía espiritual
Vivimos tiempos donde se ven por todas partes, posturas radicalizadas, fundamentalistas y fanatismos de toda índole. En la política, en la religión, en el deporte, en la educación, y en un sinfín de ámbitos de la vida social nos encontramos con una atrofia del pensamiento, que enferma a las personas e impide el diálogo social y la construcción de miradas más amplias sobre la realidad.
Muchos filósofos y analistas sociales coinciden en que el clima de nuestra época está marcado por la búsqueda de seguridad, de certezas y de identidad. Crecen toda clase de grupos intolerantes que se aplauden a sí mismos y no escuchan a quien tenga un matiz de discrepancia; hablan para sí mismos y para convencer a sus ya convencidos. Esta clase de fanatismos se ven tanto en política como en religión.
El fanático no soporta la idea de que el otro sea diferente o piense distinto y pretende con sus actitudes, salvarle de su equivocación. El fanático no tiene capacidad de autocrítica, no toma distancia de su modo de ver las cosas, ni de sus ideas.
El fanatismo es definido por el filósofo Francesc Torralba como “miopía espiritual”, porque se confunde la propia percepción de la realidad con una verdad universal que debe ser aceptada por todos.
Algunos fanatismos también se disfrazan de tolerancia y apertura, cuando en realidad imponen un relativismo dogmático que no acepta ningún disenso, porque no pueden aceptar que alguien defienda sus ideas o que tenga algunas certezas que esté dispuesto a defender. El relativismo dogmático es hijo del miedo, igual que el fundamentalismo, porque teme del diferente, teme que no pensemos todos de la misma forma. Por eso, aunque algunos grupos sean más fácilmente identificables con actitudes fanáticas, muchas veces quienes los critican con una agresividad injustificada, manifiestan la misma miopía, el mismo fanatismo que no acepta la diferencia.
Cuando pensamos que los demás, por la simple razón de pertenecer a otro partido político o a otra religión que no sea la mía, no tienen nada para aportarme, no dicen nunca la verdad, no tienen nunca razones que deban ser escuchadas, son siempre “sospechosos”, estamos ante la demonización del otro. Solo a través del diálogo y la comprensión del diferente podemos crecer como personas capaces de pensar libremente y de escuchar realmente a los demás.
La miopía espiritual en los cargos directivos
Cuando se tiene que liderar equipos o gobernar una institución, un peligro creciente es la estrechez mental que excluye la crítica externa, que no escucha a los que piensan distinto, que evita el disenso de todas las formas posibles, aunque venga de colaboradores y amigos que ofrecen su ayuda.
Cuando nos toca dirigir en una organización convivimos con muchos puntos ciegos que nos impiden ver la realidad y nos obstaculizan una lúcida toma de decisiones, haciendo que cualquier gestión se vea perjudicada en su eficiencia. Y es que cuando nos escuchamos solo a nosotros mismos y nos rodeamos de los que nos dicen a todo que “sí”, no nos cuestionan nada y se vuelven una prolongación de nosotros mismos, se atrofia la visión y se pierde la posibilidad de crecer.
La miopía espiritual en las instituciones se manifiesta cuando los que tienen que gobernar se rodean de los que los adulan y aprueban, alejándose de cualquier posibilidad de autocrítica, esquivando a todos los que puedan cuestionar el modo en que se hacen las cosas. A los “críticos” se les discrimina y se les trata de “neutralizar”, calificándolos como desleales o “infiltrados”, aunque sean los únicos que nos ayuden a pensar con mayor lucidez.
Progresivamente se pierde la perspectiva, y si en el peor de los casos, quien manda tiene baja autoestima, no soportara ninguna clase de sugerencias, salvo que confirmen sus propias ideas y obsesiones.
La dependencia económica es un factor que también fomenta esta miopía de quienes dirigen. Cuando los ingresos dependen de no hacer enojar al jefe, no se dirá lo que se piensa. Un ejemplo de ello puede verse en asesores políticos u organizacionales. Existen muy buenos equipos consultores, pero no siempre son independientes. ¿Cuántas veces quienes asesoran se limitan a aspectos técnicos sin cuestionar la visión de quien le contrata? Porque difícilmente uno escuchará asesores que le digan que está equivocado. Y es que escuchar todas las críticas supone cuestionar el propio desempeño y la propia visión.
El gran peligro de un liderazgo con esta miopía es que la organización que dirige se vuelve un anexo de su propio ego y no podrá ver más allá de sí mismo, creyendo que ha sido eficaz solo porque ha realizado sus propios caprichos sin ninguna demora.
Antídotos contra el fanatismo
Una de las cosas que pueden encontrarse en las actitudes fanáticas es la falta de alegría y de sentido del humor con los propios proyectos. Por ello el primer antídoto contra el fanatismo es el humor. Es muy sano para no vivir siempre enojado porque existen otros que piensan distinto. El humor nos ayuda a reírnos de nosotros mismos, a relativizar cosas que deben matizarse, y a vernos con una mirada más amplia.
Un segundo antídoto es aceptar al otro tal como es, sin querer que sea distinto ni que piense distinto, sino dejándolo ser, nos hace salir del propio hermetismo ideológico en el que muchas veces podemos vivir cómodamente. Aceptar al otro nos devuelve la paz que hemos perdido por no aceptar la realidad tal como es, y nos enriquece.
Aprender de los grandes maestros de la espiritualidad, porque los hombres y mujeres de todos los tiempos que marcaron el progreso filosófico, espiritual y cultural de la humanidad, fueron comprensivos y receptivos a escuchar lo distinto, dialogaban con todos sin excluir a nadie y estuvieron siempre dispuestos a repensarlo todo, sin miedo a equivocarse, sino conscientes que es necesario salir del propio ego para encontrarse realmente con el otro. Y es que quien está dispuesto a aprender, está dispuesto a escuchar y a cambiar.
Fuente original: Aleteia
viernes, 1 de septiembre de 2017
Y en el fondo, la incertidumbre...
Por Juan Manuel Otero Barrigón // Winston Churchill se refería al fanático como "aquel que no puede cambiar de opinión y no quiere cambiar de tema". Para la psicología analítica, el fanatismo es una sobrecompensación de la duda, lo que supone, que en realidad, la aparente convicción vital del "fanaticus" se tambalea sobre arenas movedizas, fe hambrienta de un perpetuo reaseguro. Es lo que, desde el refranero popular, se nos enseña al decirse "dime de lo que alardeas, y te diré de lo que careces".
sábado, 26 de agosto de 2017
En la mente del fanático
¿Qué tienen en común un ultra futbolero capaz de emprenderla a golpes con los aficionados del equipo rival, un cruzado medieval que recorrió Europa y atravesó el Mediterráneo para recuperar Tierra Santa espada en mano y, por último, una mujer musulmana que acepta convertirse en bomba humana para hacer explotar una escuela llena de niños?
Por muy diferentes que parezcan estas tres personalidades y sus motivaciones, todas tienen un aspecto en común: el fanatismo. Esto es, la adhesión incondicional a una causa, sin límites ni matices, hasta el extremo de realizar cualquier tipo de acción en su favor, incluso matar o morir por ella. Es un fenómeno tan viejo como la humanidad, pero no hace tanto que los científicos de diversas disciplinas se han dado cuenta de que hay mecanismos idénticos de asunción individual del fanatismo, más allá del contexto social, político o religioso en que actúa cada uno.
Por eso, existen varias especialidades que están investigando para saber más sobre un aspecto clave: cómo funciona el cerebro de un fanático. Algunas de las primeras hipótesis y conclusiones son sorprendentes. Un neurotransmisor químico llamado dopamina podría jugar un importante papel en los procesos cerebrales que conducen a los comportamientos fanáticos, independientemente de la forma en que se expresen. Las neuronas que manejan la dopamina están muy relacionadas con las emociones que experimentamos y se activan cuando el organismo obtiene placer con alguna acción. Pero, y esto es un descubrimiento clave, lo hacen en mucha mayor medida cuanto más inesperada sea dicha recompensa, como la llama la neurociencia. Solemos pensar en el placer como algo muy vinculado a contextos como las relaciones sexuales o la buena comida, pero hay muchas más motivaciones, y algunas de ellas son las que lindan con el fanatismo.
Los aficionados de un equipo de fútbol, por ejemplo, obtienen un gran placer cuando su equipo gana, pero esta sensación se multiplica si la victoria es inesperada, ya sea porque el contexto racional invitaba a desechar la posibilidad –el equipo colista que vence por sorpresa al líder– o porque el transcurso del acontecimiento deportivo también había conducido a desestimar la posibilidad de victoria –la remontada final tras tener el partido perdido–. En esos momentos excepcionales se libera mucha más dopamina y se experimenta una felicidad considerablemente más intensa.
Pero quizá lo más importante de todo sea que el cerebro se acostumbra enseguida a esperar estas neurorrecompensas. Una de las zonas del sistema nervioso en las que más dopamina se produce es la llamada sustancia negra, que está situada en el cerebro medio y tiene como una de sus principales funciones el aprendizaje. La repetición de las recompensas acaba por crear una señal permanente en los circuitos cerebrales, que invita a los individuos que viven tales satisfacciones a buscarlas de nuevo. Serían, por tanto, sus sesos los que les dictan, desde las profundidades de las neuronas, la necesidad de volver a alcanzar estos impredecibles momentos de éxtasis a los cuales el deporte, por el azar que le es inherente, resulta más propenso que otras actividades.
La religión y la política son una cantera para el fanatismo
La intensificación del terrorismo suicida yihadista, hoy máxima expresión del comportamiento fanático sin límites, está siendo analizada hasta la extenuación en clave política y religiosa. Pero los psicólogos y los expertos en el estudio de la violencia creen que hay también otros factores decisivos, que estarían más bien en el ámbito de la mente y que se manifiestan en fanáticos violentos de muy diversa índole. Echeburúa recuerda el caso de los religiosos vascos que en el pasado se convirtieron en terroristas de ETA para ejemplificar que “es más fácil pasar de ser fanático de una cosa a fanático de otra que pasar de fanático a tolerante”. Lo atribuye a que los fanáticos “ya han adquirido una estructura mental característica”.
Esta configuración del pensamiento fanático suele mostrar unas peculiaridades conocidas como distorsiones cognitivas. Se trata de errores en el procesamiento de la información característicos de muchos trastornos mentales, como los de personalidad o la depresión. “Una distorsión cognitiva muy común entre los terroristas –y, en general, entre las personas que hacen uso de la violencia para conseguir sus fines– es pensar dicotómicamente, en términos de blanco o negro. Así tienden a dividir el mundo entre nosotros y ellos”, explica el experto en estudios de la violencia José Sanmartín Esplugues, catedrático de la Universidad de Valencia y autor del libro "El terrorista. Cómo es. Cómo se hace".
Si no estás conmigo, estás contra mi
El pensamiento dicotómico suele ir acompañado de otra distorsión según la cual “los terroristas se perciben a sí mismos como víctimas”, explica Sanmartín, y por ello se ven obligados a luchar, ya sea por la presunta opresión que padece su pueblo, por el deterioro de su forma de vida a causa de los valores de la cultura occidental o por muchas otras razones que suelen aducir en cualquier parte del mundo. De esta forma, justifican ante los demás y ante sí mismos su apelación a la violencia como una autodefensa con base moral. La combinación de ambos factores los lleva a trasladar la responsabilidad de cuanto les afecta negativamente del nosotros –su etnia, su religión…– al ellos –los enemigos de la patria, los infieles, etc.–. El conjunto resulta un auténtico cóctel explosivo en la mente del terrorista, que acaba por desarrollar lo que se conoce como rigidez cognitiva.
Echeburúa añade a las distorsiones un rasgo mental común en los fanáticos: la sobrevaloración afectiva de sus creencias. Esta consiste en vivirlas con una intensidad muy alta. “Por eso se enfadan si los contradices, y esto puede llevar a actitudes violentas y a terrorismo, porque les hace ver a los discrepantes como enemigos”, explica Echeburúa. El tránsito del fanatismo hasta el terrorismo pasa entonces por la construcción del enemigo, que, como dice Echeburúa, “implica rebajarlo a la condición de cosa –cosificarlo–, y eso significa verlos como algo subhumano”. Ahí surge el menosprecio con el que clasifican a maricones, moros o infieles, por utilizar algunos de los adjetivos con los que despachan a sus enemigos.
La consecuencia principal de esta cosificación del enemigo es, según explica Sanmartín, que “les permite –y esto es algo terrible– tapiar con prejuicios y estereotipos sus reacciones naturales de compasión hacia las víctimas. Aprenden a despersonalizarlas y así pueden neutralizar sus reacciones ante el disparo a bocajarro en la cabeza de la víctima”. Y añade: “Al no ver personas, sino medios o instrumentos cuya destrucción los acerca algo más a la consecución de sus nobles objetivos, los terroristas no tienen, en definitiva, con quién empatizar, de quién compadecerse”. Echeburúa resume este concepto con una imagen: “La cosificación les ayuda a volver a casa y comerse una hamburguesa tranquilamente tras haber cometido una acción violenta o un asesinato”.
Para curarles hay que reconfigurar su cerebro
Aquí volvemos a esas vivencias que van forjando la personalidad de los terroristas fanáticos. Por ejemplo, es más habitual que el terrorismo suicida se dé cuando hay precedentes en la familia, como ocurre con las viudas negras del Cáucaso, que se lanzan a inmolarse en acciones terroristas tras haber perdido a algún miembro varón de su familia a manos de las tropas rusas.
Con todo este trasfondo psicológico y de distorsiones cognitivas en el fenómeno del fanatismo y sus manifestaciones más graves, una de las potenciales soluciones que se plantean es si puede reprogramarse la mente de estas personas. Sanmartín opina que resulta difícil, porque “es preciso que dejen de ver el mundo al revés” y, para ello, hay que “reconfigurar su cerebro con un aprendizaje alternativo. Pero nuestro cerebro tiene una cierta dosis de plasticidad, y aprender tiene efectos que cada vez están concitando mayor atención”. La complicación es, aun así, mayor porque “el terrorista no solo tiene afectada la facultad intelectiva que le hace percibir el mundo como lo percibe. Además tiene profundamente afectada su esfera emocional. Es difícil hacerlo cambiar, muy difícil…, pero no imposible”.
Imágenes: Granjero estadounidense, miembro del Ku Klux Klan (Paul Walsh vía Flickr / CC); homenaje a las víctimas del atentado contra Charlie Hebdo (CC0); hinchas de fútbol (CC0).
Fuente original del texto: https://www.muyinteresante.es/cultura/articulo/en-la-mente-del-fanatico-201464599524
sábado, 22 de julio de 2017
Síndrome de Jerusalén
por Gina Halabe
Estudios y escritos históricos muestran cómo desde Abraham se habla de la ciudad. Y la historia va hasta la conquista de Jebusea (nombre que se le daba entonces) por David, quien convirtió a la ciudad en la capital de su reino y la renombró “Ir David” (Ciudad de David) ; posteriormente el sucesor de David, su hijo Salomón, amplió la ciudad moviendo sus murallas y construyendo el Primer Gran Templo de los judíos.
Luego fue la capital del reino de Yehudá, cuando tras la muerte de Salomón el reino de Israel se divide en dos, luego vienen las conquistas de diferentes grandes imperios y los exilios del pueblo, dejando a Jerusalén como una ciudad destruída. Posteriormente, gracias a los reyes persas Dario y Ciro se permite el retorno de los judíos a la gran ciudad y su reconstrucción. Pero es con los romanos que la ciudad nuevamente se queda como una ciudad destruida y el orgullo e identidad de los judíos se pone en juego.
La ciudad ha pasado por diferentes conquistas y conflictos, no solamente desde la época antigua o la época bíblica.
Se convirtió en el centro de las 3 grandes religiones, la judía, la musulmana y la cristiana. Para muchos es el centro del mundo. Despierta grandes pasiones en los más creyentes y las más grandes emociones, llevando a algunos a tener alucinaciones.
El Síndrome Jerusalén es una enfermedad mental generada por la emoción, la pasión y la nostalgia que despierta la ciudad en los más apasionados, haciendo que se presenten alucinaciones, las personas actúen o se sientan algún personaje bíblico y que incluso prediquen públicamente según mensajes de la Biblia.
Los psiquiatras dicen que es un comportamiento totalmente melodramático público, pues a veces su vestimenta la improvisan con sábanas del hotel donde se hospedan, ¿se pueden imaginar?
Una turista irlandesa acudió al hospital de Jerusalén diciendo que iba a dar a luz a Jesús, pero no estaba embarazada; o un turista canadiense que se creía Sansón e intento romper con los puños los bloques del Kotel, el Muro de los Lamentos.
Esta es una enfermedad que según Moshé Kalian, un experto en el tema, viene acompañada de un antecedente en los pacientes que la padecen en su país de origen y Jerusalén es el escenario donde surgen las alucinaciones.
Cada año el Ministerio de Salud de Israel reporta alrededor de 50 casos del síndrome Jerusalén.
La mayor parte de los pacientes que sufren esta enfermedad son atendidos en el Centro de Salud Mental Kfar Shaul y al terminar su tratamiento regresan a sus países de origen como si nada hubiera pasado. Así de sorprendente y temporal resulta este síndrome, que convierte a Jerusalén en el centro de las pasiones más fuertes.
(Texto extraído de: https://www.enlacejudio.com)
sábado, 24 de junio de 2017
Fundamentalismo y cerebro: un estudio
Fuente: Diario Uno//Científicos de la Universidad Northwestern de Illinois (EE.UU.) aseguran haber descubierto una conexión entre las lesiones cerebrales y la falta de voluntad de una persona a la hora de aceptar nuevas ideas, vínculo que, según los investigadores, hace que algunas personas sean más extremistas en sus creencias religiosas.
Jordan Grafman, neuróloga principal del estudio, publicado en la revista 'Neuropsychologia', indica que la "flexibilidad" religiosa depende de la salud del área del cerebro responsable de "mantener la mente abierta".
El equipo de Grafman llevó a cabo pruebas en 119 veteranos estadounidenses de la Guerra de Vietnam que habían sufrido lesiones cerebrales penetrantes y en 30 veteranos sin antecedentes de traumatismo craneal.
En su estudio los científicos utilizaron tomografías computarizadas para detectar en los participantes lesiones del área cerebral conocida como corteza prefrontal ventromedial. Se cree que esta área desempeña un papel cognitivo en el pensamiento crítico, en la resolución de problemas, la planificación y las experiencias espirituales.
Tras analizar los resultados, los investigadores establecieron un vínculo entre las lesiones en estas áreas del cerebro y la fuerza de las convicciones religiosas, llegando a la conclusión de que los veteranos que presentaban este tipo de lesiones mostraban niveles más altos de fundamentalismo religioso, en comparación con aquellos sin lesiones.
Sin embargo, Grafman advierte en el portal PsyPost de las limitaciones del estudio, ya que todos los participantes del experimento eran "hombres veteranos de origen estadounidenses". Esto, según el neurólogo, impide extender las conclusiones a otros grupos demográficos, incluidas las mujeres, las personas de otros países o las que provienen de culturas con diferentes creencias religiosas.
sábado, 10 de junio de 2017
La vía de lo simplista hacia el fanatismo
“Si entre las muchas verdades eliges una sola y la persigues ciegamente, ella se convertirá en falsedad, y tú en un fanático.”
Ryszard Kapuscinski
Etiquetas:
dinámica maniquea,
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Ryszard Kapuscinski
sábado, 13 de mayo de 2017
Fanatismo: definición psicodinámica
El fanatismo es una "formación sustitutiva" en el sentido freudiano. Lógicamente, es la sustitución de excesivo afecto subjetivo y voluntad, por la falta de verdad "objetiva" en el propio sistema de creencias de uno, y prácticamente es la sustitución de actuar literalmente por la negligencia y el rechazo de cumplir con la obligación de hacer los propios deberes. En un nivel personal equivale a una especie de lavado de cerebro. Algo está roto en la personalidad. Ya no está viva, abierta, flexible, ya no es humana en el sentido completo de la palabra, sino que funciona monomaníacamente como una máquina programada.
Wolfgang Giegerich, analista junguiano
sábado, 15 de abril de 2017
Fundamentalismo: antecedentes históricos y religiosos
El concepto de fundamentalismo religioso surge en 1910 en Estados Unidos, cuando un grupo de religiosos ultraconservadores protestantes publica un manifiesto llamado Los Fundamentos. Esto a su vez fue el comienzo de toda una configuración de pensamientos radicales, amenazados por el pensamiento liberal, por las teorías científicas evolucionistas que vienen a cuestionar la omnipotencia de Dios. En nuestros días, el fundamentalismo religioso se asocia todas las religiones del mundo más con el radicalismo musulmán, pero es una manera de vivir la religión incluyendo al cristianismo y al catolicismo, y ha ido penetrando la cotidianidad de la existencia de muchos pueblos a través del mensaje religioso y su interpretación de que sus representantes están aquí para salvar al mundo de los múltiples peligros que lo amenazan.
jueves, 16 de marzo de 2017
martes, 1 de noviembre de 2016
El caso Nueva Jerusalén
El caso Nueva Jerusalén: Fundamentalismo, PRI y Estado Teocrático en México.- por Juan Manuel Otero Barrigón (escrito en 2009)
Y es que ingresar a la comunidad Nueva Jerusalén, o salir de ella, implica lisa y llanamente moverse entre un lado y otro de una línea que separa nuestro entrado siglo XXI de épocas en las cuales ni la televisión ni la radio existían, y donde distracciones que ya desde antaño son propias de la humanidad, en este lugar están terminantemente prohibidas, como si se tratara de un enorme monasterio a cielo abierto.
En el año 1973, una campesina del municipio de Turicato llamada Gabina Romero, le confió al sacerdote católico del pueblo, Nabor Cárdenas Mejorada, que había recibido la visita de la virgen, la cual le había asegurado que tanto él como Gabina habían sido elegidos para construir una eremita a la cual pudieran llegar los peregrinos y rezar por la salvación de la humanidad. Además, le confió que desde ese momento ambos deberían hacerse llamar Papá Nabor y Mamá Salome respectivamente, lo cual el cura aceptó como un milagro, y presuroso a seguir las indicaciones de Gabina, fundó en el cerro conocido como ‘El Mirador”, la llamada Nueva Jerusalén.
Peregrinos comenzaron a llegar, y construyendo chozas para así poder venerar a la Virgen del Rosario, se fue dando forma a lo que sería luego una comunidad regida bajo los dictámenes de Papá Nabor, siempre actuando, vale aclarar, bajo la inspiración o las expresas direcciones de la mismísima Virgen.
Nabor impuso, entre otras cosas, el uso para las mujeres de polleras largas y velos típicos de la Palestina del primer siglo, la prohibición de usar cosméticos, y la restricción para los hombres de usar el pelo largo. Había que concurrir todos los días a la misa celebrada en latín y era obligación para niños y adultos caminar rosario en mano y con un escapulario colgando del cuello. Un letrero señalaba la prohibición de encuentros amorosos entre jóvenes, y la música y los bailes quedaban clausurados, a menos que estuvieran dirigidos exclusivamente a la Virgen María del Rosario.
Papá Nabor
En el año 1981 muere Mamá Salome, la Virgen se le aparece a Papá Nabor y le propone dos posibles reemplazantes de la vidente difunta, siendo la nueva elegida María de Jesús Bautista, una ex prostituta cuya elección motivó luchas internas, persecución de disidentes que rechazaban a la nueva bendecida y hasta expulsiones de la comunidad. María de Jesús ocupó el cargo hasta el año 1989, cuando fue elegido como nuevo interlocutor de la Virgen el polémico Agapito Gómez Aguilar, quien se convertiría con el tiempo en el nuevo hombre fuerte de la comunidad.
Vale mencionar que el crecimiento del movimiento era mirado con desconfianza por la Iglesia Católica oficial, siempre prudente a la hora de dar crédito a los supuestos casos de ‘revelacion privada’ (tal sería, estrictamente, la denominación de las visiones que Mamá Salomé y Papa Nabor decían tener de la Virgen) y reacia a las tendencias claramente preconciliares y totalitarias que eran distintivas de la comunidad. De hecho, al día de hoy, y mas allá de la esperanza y los pedidos de reconversión que la Iglesia oficial ha hecho a los miembros de Nueva Jerusalén, siguen estos sin ser reconocidos como parte de la institución, y por ende, considerados cismáticos.
Las nuevas dotes de videncia de Agapito Gómez incluían ya no solo la recepción de mensajes procedentes de la Virgen, sino que además había incorporado a su repertorio mensajes emitidos por figuras como Lázaro Cárdenas, militar y ex presidente mexicano, Pío XII y John F. Kennedy, entre otros personajes históricos. Muchos no creyeron, y por lo tanto, muchos fueron expulsados nuevamente de la comunidad, que como podemos ver, no admitía divergencias de ningún tipo, característica común con otros grupos de naturaleza sectaria.
En febrero de 2008, Papá Nabor, hasta entonces líder absoluto del movimiento, falleció tras una larga enfermedad. Atrás quedaban las fallidas predicciones del fin del mundo hechas para 1980, 1988, y 1999 que hicieran Nabor y su sucesor Agapito. La comunidad, de poco más de cuatro mil habitantes (gente humilde que vive en su mayoría en viviendas hechas de madera y que se dedican fundamentalmente al trabajo de campo) contaba ya con tres seminarios y un convento para la exclusiva formación de sus sacerdotes y monjas, los cuales son conocidos con nombres de santos, pero ninguno reconocido oficialmente mas allá de los muros de la comunidad-estado, convencidos a pesar de ello de ser los verdaderos herederos de aquel cristianismo primitivo, el de los primeros apóstoles, que la Iglesia oficial había abandonado a partir del Concilio Vaticano II.
La sucesión de Papá Nabor y la elección de Agapito Gómez como fiel sucesor no estuvo por demás exenta de polémica y disidencias. Un grupo de sacerdotes y miembros de la comunidad se opusieron al nuevo líder, acusado de distintos hechos de violación a jóvenes mujeres y complicidad con el narcotráfico, y fueron expulsados. Agapito logró sin embargo salir indemne de las acusaciones por abuso, pero no pudo evitar que luego de años de complicidad y silencio por parte de las autoridades gubernamentales, finalmente se produjera a principios del año 2007, y cuando aun oficiaba de vidente, la incursión de efectivos del Ejercito al interior de la comunidad, para realizar cateos a partir de numerosas acusaciones que implicaban al movimiento en el trafico de drogas y de armas.
En realidad, la complicidad y la tolerancia del gobierno mexicano para con Nueva Jerusalén tiene motivos políticos que la vinculan especialmente con el PRI, el partido político hegemónico y gobernante durante mas de sesenta años hasta la Asunción de Vicente Fox en el 2000.
Entrada a la Comunidad Nueva Jerusalén
Agapito Gómez murió en septiembre del año 2008, dejando un sinfín de sospechas en torno a su persona y su entorno, salpicando muerte a partir de diversos casos de asesinatos aún no esclarecidos y dejando una comunidad dividida entre distintas facciones, y según algunos especialistas, en vías de extinción.
México es en los papeles un estado secular desde 1917, cuando se ratificó y reformó la Constitución política de febrero de 1857. Sin embargo, y pese a ello, persiste hasta hoy en Michoacán un verdadero Estado teocrático que parece cuestionar claramente el principio de laicicidad que la ley fundamental pregona. En otro orden, pareciera ser que pese a su rigorismo fundamentalista y a la presunta vuelta al ‘cristianismo de los orígenes’ que Papá Nabor y Agapito predicaron como fundamento de su comunidad, olvidaron que del primero de los diez mandamientos del cristianismo se desprende una fuerte condena al espiritismo y al dialogo con los difuntos, práctica que Agapito se jactó de ejercer como prueba de sus dotes de videncia. Pero por sobre todo, cabe preguntarnos por aquellos niños y jóvenes que viviendo en el interior de la comunidad, y a la espera de un Apocalipsis que no llega, crecen y se desarrollan aislados, sin iguales posibilidades al resto y presos de un fanatismo que no eligieron.
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